Donna me prega

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martes, 7 de marzo de 2017

Enrique García-Máiquez, tras puntos suspensivos...



Tejados de Madrid ,
Ramón Gaya (1961)

La novela es a nuestros diarios lo que la épica a las primeras novelas” (Enrique García-Máiquez, Rayos y truenos)

Enrique García-Máiquez acaba de publicar su tercer volumen de diarios. Tras Lo que ha llovido (2009) y El pábilo vacilante (2012), Un largo etcétera (2016) vuelve a espigar -y mucho más- las entradas que han ido apareciendo entre 2011 y 2016 en su blogg Rayos y truenos.

Normalmente suele explicarse que un género literario se ha constituido a la tercera, en retrospectiva. La primera obra de una serie provoca tal sorpresa -como el Lazarillo para la novela picaresca- que precisa una réplica antes de que pueda empezar a asimilarse la singularidad de esta nueva forma naciente, la cual acaba cobrando carta de identidad genealógica a partir de los nietos. El diarismo de García-Máiquez, tan centrado en temas nucleares como la maravilla cotidiana del mundo familiar y la actualidad siempre renovada de la tradición, se decanta así en Un largo etcétera como un momento decisivo de la transición artística que empezó a gestarse en El pábilo vacilante. La reflexión contenida en él sobre el itinerario que había iniciado Lo que ha llovido se extendía en la búsqueda de una alquimia narrativa que este tercer volumen indaga tras los sucesos, aparentemente circunstanciales, de su vida ordinaria. Su reciente libro de aforismos Palomas y serpientes (2016), en otro registro, ha certificado la razón de esta apuesta -y de este afán estético- como la radiografía lírica de un dinamismo vital que, intensificado, había animado toda la escritura de su autor desde sus primeros pasos.

Repito que en este nuevo libro Enrique García-Máiquez demuestra un dominio mayor no sólo de su voz más propia sino sobre todo del ritmo de su poética de cada día. Como es habitual en él, su desbordamiento vital no oculta sino que lucha con valentía por poner al descubierto su alcance (meta)literario, aunque ahora los someta a uno y a otro a la presión de nuevas direcciones artísticas. En el prólogo da unas claves de lectura, casi de perfil, que sirven para explorar esos "Puntos suspensivos" que lleva por título y que incluyen el largo etcétera que los presupone: “He vuelto a contar mi rutina, sí, que es lo único que tengo, pero mejor, porque no me ha hecho falta decirla demasiado. En esos saltos de tiempo está la mayor densidad de mi libro”.

En un autor que se ha declarado recientemente “enfermo de biografismo” -es decir, de escribir la vida-, su indagación con el tiempo en el tiempo resulta decisiva, por varias razones que sólo dejaré apuntadas. Al lector avisado de García-Máiquez le impresiona que la sustancia estética de su confesionalismo se dirima cada vez más en el plano de las ausencias, que, en un nivel inmediato, determinan las elipsis no sólo temporales sino también discursivas, como se manifiesta al principio de esta nueva obra en la entrada “Hay que decidirse o           ” o en esa “errata creadora” editorial de “Par délicatesseque ha dejado en blanco una media página y que, bajo una alegre aceptación, tal vez haya mortificado a nuestro diarista más de lo que parece por hondos motivos estéticos, casi de semidesnudo emocional que ya había advertido en la página paralela de El pábilo vacilante: “el verdadero vértigo, del que nada se ha dicho, es la página en blanco después de haber escrito”.

El tratamiento del tiempo de los diarios de García-Máiquez experimenta, pues, una inflexión que refleja la delicada trama que opera entre su realidad y la imagen entrevista en las nubes que sigue persiguiendo y trazando, fiel, su vocación letraherida. Si en El pábilo vacilante se podían advertir ecos de Josep Pla, el protagonista de este diario más bien anota, dorsiano, la oceanografía del tedio transfigurado.

Un ejemplo puede ser revelador. El lapso temporal de los tres volúmenes se ha ido dilatando lentamente (2006-2008, 2008-2011, 2011-principios de 2016 respectivamente). Sus marcos han sufrido los ligeros cambios que permitían introducir, con finura casi imperceptible, medio oculta por la repetición de estilemas y motivos empleados anteriormente (los haikus, los aforismos, las greguerías, las reflexiones bioliterarias), la orientación propia de cada uno de ellos: de un sesgo lírico sobre todo en Lo que ha llovido a uno definitivamente narrativo en Un largo etcétera, que había sido preludiado, como he dicho, en El pábilo vacilante. Incluso en el volumen que reseñamos, que mantiene asimismo un diálogo sotto voce, personalísimo, con otras muestras recientes del género, en especial con los cuadernos de campo de José Jiménez Lozano, las entradas no se suceden ininterrumpidamente, como en los anteriores libros, sino que se agrupan por año.

En El pábilo vacilante eran prácticamente tres cursos académicos los que relataba el autor y durante los que la intensidad lumínica de “los rompimientos de gloria” que constituyen el ideal poético de García-Máiquez debía afrontar el claroscuro de una existencia en que la conciencia de finitud se acentuaba de una manera dramática -en realidad, teológica- por la muerte de la madre, el amor de la esposa y el nacimiento de los hijos. La vida fluía de tal manera entre el tiempo y la eternidad que el protagonista de aquellas páginas empezaba a preguntarse, perplejo, sobre cómo trascender vitalmente la literatura y no ya, como en la juventud, salvar la realidad a través del poema.

He aquí el eje de Un largo etcétera. El autor exige del lector la respuesta a la búsqueda que se impone a sí mismo como una obligación artística y moral: “tiene que imaginarse todo lo que ese largo etcétera da por supuesto”. No se trata simplemente de que el lector deba reconstruir el tiempo sustraído, sino que debe lanzarse tras la vigilia inquieta del autor a la aventura de internarse por los caminos narrativos que los diarios han esbozado sólo como un mapa y que devienen un tiempo nuevo, siempre a punto de inaugurarse, siempre en trance de ser continuado. Son los silencios entre ellos los que la vida de García-Máiquez hace brillar con intensidad estética, íntima, ante la mirada hechizada, atenta, de sus lectores.

La autobiografía deja de ser el relato sin más de unas vidas concretas -Enrique, Leonor, Carmen y Quique- para convertirse en el espacio liberado de unas vidas trascendidas en su singularidad, en cuyas fronteras el relato, en el tenso esfuerzo de hacerse, graba una memoria compartida por la escritura. Como ante las siluetas de otro mundo definitivo, de alguna manera la práctica del diario, deslumbrada, anticipa los destellos de su plenitud. Aunque marcada por la alegría dolorida de una existencia realizada en la vida familiar y laboral, en su rutina refulge el misterio del Lector definitivo que redime la creación diaria de su protagonista.

Visto así, se confirma que este libro da un nuevo impulso a la trayectoria iniciada por los dos volúmenes anteriores. A Un largo etcétera le cae como anillo al dedo un aforismo que recoge en sus páginas: “La novela es a nuestros diarios lo que la épica a las primeras novelas. (La poesía, en cambio, no cambia)”. Toda vida, toda ficción, debe concluir. El final, temido en la esperanza, se resuelve con la afonía del autor que le permite dejar en suspenso una vez más, entre puntos suspensivos, la palabra con que desea apurar su vida y que hace desear asimismo a sus lectores que la vida que se nos relata no se apague, sino que posponga todavía sus líneas de fuga en una nueva entrega.

“EL AÑO TOTAL (viernes, 31 de julio). Me sorprende esta idea de Dionisio Ridruejo en Dentro del tiempo:
Por la aparente superposición de los años quisiera realizar la esencia del año único, del año total, que representa el todo de la creación sobre la nada del anhelo humano.
Y le recojo el guante. Sería un libro precioso, El año total, hecho de 366 entradas, una por cada día del año, que, por ser total, sería también bisiesto. Pero antologadas de todos los diarios que de aquí al día de mi muerte sea capaz de ir publicando. La condición es que para una fecha concreta sólo podrá escogerse una entrada, sea del año que sea. De modo que el libro guardaría el orden del calendario pero no el de mi biografía, barajándose entradas del 2006 al 2056, espero, si hay suerte. Deseo que alguno de vosotros sea el antólogo y que todos lo leáis bien de salud.
 «Muerto sí me verán, mas no mudado», tendría que ser el lema de ese libro. En ese verso de la Diana de Jorge de Montemayor estriba el éxito de mi propósito. Si yo no mudo, apareceré en las páginas de ese libro total, más joven o más viejo, mas el mismo”.


Sin, sobre, tras, García-Máiquez habita entre los signos ortográficos.

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