Donna me prega

Este blog se declara católico, tal vez con cierto aire estoico. Defiende la simplicidad, el silencio y la contemplación.
Quiere ofrecer reflexiones, opiniones y lecturas a personas atentas a la vida del espíritu y de la cultura.

martes, 17 de septiembre de 2013

La soledad de Thomas Merton.





Si cabe, las notas que siguen toman pie en circunstancias autobi(bli)ográficas todavía más circunstanciales que otras de este mismo blog. Hace un par de meses mencionaba de pasada el nombre de Thomas Merton (1915-1968) a propósito de la última novela de Álvaro Pombo. Por esas casualidades que en inglés se denominan “serendipity”, en una excursión improvisada hace unos días me he topado con la casa donde nació en Prades el conocido monje trapense. Me ha parecido, pues, el momento de desempolvar sus tres últimos volúmenes de diarios (San Francisco, 1997-1998) que correspondían a los últimos años de vida de su autor (1960-1967) y que compré en Inglaterra cuando vivía en un régimen de estudio semimonacal.

Casa natal de Thomas Merton,
en Prades (Francia)
El mejor homenaje al recuerdo que conservo de Merton no puede ser una simple reseña de libros suyos tan característicos como su temprana y exitosa autobiografía The Seven Storey Mountain (1948) ni su continuamente revisada Seeds of Contemplation (1ª ed., 1949). Hacer justicia íntima a su talento me obliga a reseguir su huella allí donde se entrecruzan los textos biográficos de uno con la experiencia personal de su relectura por el otro. Entre un monje de la abadía norteamericana de Our Lady of Gethsemani en el siglo XX y un güelfo anónimo de otro milenio sólo puede darse la pequeña coincidencia de un estilo reconocible por el azar improbable de lejanas e improbables lecturas compartidas.

El itinerario de Merton es complejo, lleno de claroscuros, de luminosos hallazgos y de tentaciones borrosas. En sentido recto, Merton no es original, tal como sospecho que era su intención. Su apuesta actualizaba en un mundo incipientemente posmoderno el modelo medieval de escritura espiritual.

Bajo el fondo de los Padres del Desierto, Merton procuraba re-producir la fuerza torrencial de una espiritualidad que se desbocaba desde Jean de Fécamp en el siglo XI hasta los Cartujanos del siglo XV. La capacidad de autoanálisis y de observación de sus Diarios –a mi juicio, lo más valioso literariamente de toda su producción- surgía de una libre, y no por ello menos angustiada, confrontación con san Agustín. A diferencia de la modernidad de Rousseau, Nietzsche o Proust, Merton podría sentirse contemporáneo, en el seno de la diferencia temporal, del obispo de Hipona. Se anacronizaba en sentido literal. En vez de fundir los horizontes hermenéuticos a la manera gadameriana, lo hacía al modo de los iconos griegos, invirtiendo la perspectiva.

Thomas Merton y Dalai Lama (1968)
Merton era un acabado ejemplo de católico latino. Si en el ejemplo de san Agustín moldeaba las formas (la grafía, el stilum) de su vida, podría decirse que san Bernardo articulaba los actos religiosos de su vocación literaria. Merton clamaba contra la Guerra de Vietnam y apoyaba el movimiento de derechos civiles con el mismo fervor con que el abad de Claraval había podido predicar la Segunda Cruzada o había abominado de la corrupción eclesiástica de su época. Aun a riesgo de plantear una hipótesis demasiado anacrónica, incluso su entusiasta interés por el Zen podría ser visto como el reflejo posmoderno, pacifista y dialogante, del fascinado horror con que la ortodoxia doctrinal del siglo XII asumía las ansias renovadoras de las herejías meridionales.

Merton demostró en el siglo XX que la vocación literaria podía seguir abrazándose con la vocación religiosa, aunque, por más anacronismos que se ejecutasen, la abrasada condición del escritor en una época nihilista acabaría haciendo estallar las contradicciones de una llamada a encontrar a Dios más allá de toda expectativa. Por la radicalidad de esta tensión que es propiamente cristiana, la figura de Merton, semiolvidada, conserva, intacto, su ambivalente atractivo.

En la ermita que, tras muchas luchas con el abad, había logrado que le permitiesen acondicionar para vivir su vocación monástica en mayor silencio y soledad, Merton comprometió la salvación de su propia alma. Allí experimentó en grado altísimo, como cualquier ermitaño, una de las tentaciones más sutiles del demonio del meridiano: el narcisismo espiritual, que primero pone a prueba la obediencia, después relaja la pobreza y acaba haciendo “creativa” la castidad. Su historia de amor con M. prueba de nuevo que, como psicoanalista, el Diablo es el Maestro.

Un domingo gris de septiembre de 1960 Merton recordaba el aniversario de la muerte del staretz Siluán, monje del Monte Athos. Anota en su diario las palabras que el Señor dijo a aquel santo ortodoxo: “Mantén tu corazón en el infierno y no desesperes” y las comenta agradecido inspirándose en Job 14, 13 según la versión de la Vulgata: “Quis mihi det, ut in inferno protegas me et abscondas me, donec pertranseat furor tuus?”. Merton escande el versículo hasta la mitad, preocupado sobre todo por la garantía escatológica de la gracia (diríase de una manera existencialista):

“En tanto que el infierno supone aparente rechazo y oscuridad, algunos debemos elegirlo, como camino tanto de Job como nuestro hacia la paz. El lejano final de la nada, el abismo de nuestra propia absurdidad, a fin de ser humilde, a fin de ser hallado y salvado por Dios. De alguna manera esto parece estúpido e incluso herético. Pero no - Yo soy uno que es salvado del infierno por Dios.
Más bien eso es mi vocación y mi destino.
Tener las llamas del infierno a mi alrededor como Siluán y esperar que seré salvado. Entonces estoy salvado, pero sin necesidad de insistir en mí mismo. Jesús, Salvador”.

La oración de Jesús lo puede todo. Hasta confiar en que Dios nos pueda esconder en el infierno hasta que pase su cólera. Esto es mi vocación y mi destino, más bien.


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