Donna me prega

Este blog se declara católico, tal vez con cierto aire estoico. Defiende la simplicidad, el silencio y la contemplación.
Quiere ofrecer reflexiones, opiniones y lecturas a personas atentas a la vida del espíritu y de la cultura.

martes, 17 de octubre de 2017

Tras la trilogía güelfa (y II).



Canto XXI, Paradiso,
Disegni per la Divina Commedia,
Sandro Botticelli (1480-1495)

Léon Bloy, platónico, anotaba en sus Diarios que “la voluptuosidad infinita, eterna, no será ver a Dios, sino volver a ver a Dios”. Cavalcanti, paulino, reconoce que “la creación fue sometida a la frustración, no por su voluntad, sino por aquel que la sometió” (Rom. 8, 20). Abatido, no vencido, hijo de Adán, observa que entre las delicias edénicas del Jardín y la ciudad celeste de Jerusalén resplandecerá por siempre la Cruz de Cristo. La tentación más fuerte que experimenta su escritura lo está empujando al pináculo milenarista del Templo (y del Tiempo) agónico que vivimos. De arrojarse, sabe que la misericordia de Dios, entre las lágrimas de sus ángeles, permitirá que su alma siga rebotando en cada una de las piedras con la que ha ido chocando. Pisoteada por los dragones y las víboras que anidan y reptan entre sus ruinas, no dejará de combatir, peregrina absoluta, las mentiras que las figuras contemporáneas del Anticristo han logrado imponer bajo el principio de no no contradicción. Tras ellas, impidiéndole de momento el paso, atisba los muros de su monasterio…

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Recibo en paralelo unos correos de José Luis de la Cuesta y de Ander Mayora. Muestran un entusiasmo amable, incisivo, por los lugares comunes que, bajo la bandera de Bloy, alanceo cada semana. No he hecho más que empezar y cada uno por su cuenta me reclama que los recoja en un libro. ¿Puede un autor ser más afortunado? Al menos, su obra encontrará la hospitalidad de dos lectores.

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A José Luis le explico que el ritmo de la aparición de las entradas de mi peregrinación absoluta es litúrgico: un día consecutivo de las semanas sucesivas hacen otra semana de una creación que abarca las siete horas litúrgicas. Callo que cada ocho días debo renovar, exhausto, el misterio del Sábado santo: la contemplación del Sepulcro sellado.

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Sentados en una mesa del Café Gijón, sombra embalsamada de una época ya espectral, José Luis, con su laconismo máximo y depuradísimo, dilata mínimamente las pupilas al oírme asegurar que, de convertirse en libro, esas entradas deberán alcanzar el número del Salterio. De vuelta a casa, me asalta la duda de si no será un volumen demasiado largo, interminable. Me pregunto, si como el pecado para Bloy, no será un libro fatigado de su fatiga.

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Ander me insiste en que desea disfrutar del libro. “¿Será posible?”. Decidido, contesto que será “descomunal”. Anticipo su necesario fracaso. Mi interlocutor lo entiende perfectamente. Será indiferente que encuentre, o no, editor.

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Me peleo con mi monacal amigo jesuítico. Tal vez para que no me desoriente por esta selva fatigada que recorro, intenta atraerme hacia la lectura de los Padres del Desierto. Él querría que me dedicase directamente a investigar mi poética del monasterio. Nos encolerizamos (sobre)naturalmente. Mi poética no pasa por ninguna restauración metafísica que no sea en forma de una “ausencia”. El sentido no está dado, sino por venir. Tal vez ni siquiera tenga fuerzas para alcanzarlo. Su exploración habría de dar por resultado una carencia, algo que queda grabado por lo “indecible”, por aquello que, de su falta al principio, sólo se vislumbra su sentido al final del camino. A regañadientes, mi amigo ha aceptado que debo escribir mi peregrinación absoluta. Le he leído unos fragmentos inéditos, paratextuales, que han logrado vencer su resistencia.

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Corrijo a un joven sacerdote que el orden en que se basa el catolicismo es justamente el inverso del que él, inconscientemente, enumera como Autoridad, Tradición y Escritura. Por haber sido así en el mundo moderno, la gramática celeste de la oración, encorsetada por el realismo metafísico de la especulación, ha acabado arrodillada ante el trono nominalista de la acción. Mi poética del monasterio quiere rehacer, indirectamente, el camino contrario. Una ética fundamentada en la metafísica -una fenomenología del ser- debe acabar en un gesto de adoración ante la gloria de Dios.

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Uno de los rasgos centrales de la modernidad es su deseo de volver a los orígenes, al «Evangelium sine glossa» o a la aurora poética del Ser. Me confirmo en la intuición de que su comienzo está cifrado en el siglo XIII. En tensión con la reforma monástica, las órdenes mendicantes abren el camino de la constitución inmanente y autónoma de la sociedad humana. Una reflexión sobre el espacio físico y moral del “monasterio” debe tener en cuenta el doble movimiento que su historia propone: la “huida” del mundo es a la vez reclusión y liberación. En el monje brilla la figura del mártir: el testimonio de su fe. Una poética del monasterio no puede regresar sin más a sus orígenes; ha de dar testimonio de lo negado que contiene en sí, de lo que llega después, de lo que queda en tierra de nadie: un tejido humano de hospitalidad mutua, de nomadismo compartido en el cruce de caminos que forma la Tradición. Stilnovista y claravalense, el monasterio se inscribe en y se escribirá desde el desierto de la ciudad. El jardín que recrea es escatológico.

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… El diseño de tal monasterio se alza como un plano a contraluz. En el blanco de páginas como la que tienes ante tu escritorio, oh lector, van demarcándose los límites de su territorio. Junto a mi heterónimo, me muevo en su interior tratando de trazar contigo sus puntos de fuga. La fuerza simbólica de su perspectiva espacial debe, a cada momento, encarnarse en una fraternidad real. En su clausura el ritmo familiar se sostiene en el voto perpetuo de la estabilidad. Desnuda su arquitectura, alcanzaría su imagen más pura cuando quedemos, a semejanza divina, mi dona tolosana y yo abiertos a la hospitalidad angélica de los monasterios filiales. Entretanto hospedamos a amigos y conocidos que entran y salen, suben y bajan, por la escala vivida de nuestra imaginada conversación. Como en mi Betel, ante el Empíreo cuya visión ya nos deslumbra y todavía no nos enmudece, reproduzco el eco de la voz de Dante junto a Beatriz: “di color d’oro in che raggio traluce / vid’io uno scaleo eretto in suso / tanto, che nol seguiva la mia luce” (Par. XXI, 28-30).

viernes, 6 de octubre de 2017

Tras la trilogía güelfa (I).



Canto XXX, Purgatorio,
Disegni per la Divina Commedia,
Sandro Botticelli (1480-1495)

Por estas fechas, durante los pasados tres años, no he dudado en presentar cada uno de los volúmenes que han formado la Trilogía güelfa que mi heterónimo había ido componiendo como una minuciosa antología -¿un florilegio?- de las entradas de este blog. En los últimos meses, algunos lectores, irónicos y entusiastas, minoritarios, se han interesado por si aparecería una cuarta entrega o, expectantes e inquietos, por si no hubiera comenzado la etapa de extinción de esta aventura literaria. ¿Debo aclararlo? Sus planos son secantes. Los espíritus visivos de Donna mi prega engendraron un amor güelfo cuya dinámica cultural, teológica y estética se ha manifestado trinitaria. Como insinúan las notas de un inconexo diario que mi heterónimo me ha dejado hojear y espigar, aquella trilogía, como hipóstasis libre, independiente y personal en papel, ha iniciado el despliegue virtual de una peregrinación absoluta que no se agotará tampoco en sí misma…

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martes, 26 de septiembre de 2017

La poesía contemplativa de Cavalcanti.



Parnaso,
Rafael Sanzio (1510-1511)

Callejeando juntos cabe la Iglesia del Salvador en Sevilla y con el entusiasmo que adopta entre amigos la reconvención, Ignacio Trujillo animaba a mi heterónimo a que, si hubiera escrito poesía, reemprendiese la búsqueda de su ritmo personal. Por su entonación tuvo la certeza de que siente por la poesía un respeto sacramental. En su invitación parecía latir el horror sagrado ante el sacerdote que ha abandonado la celebración de los misterios de su fe. 

viernes, 15 de septiembre de 2017

Los diarios paliativos de José Antonio Llera.



Lección de anatomía del Dr. Deijman,
Rembrandt (1656)

Distante y correspondido, el aprecio civilizado ha marcado las puntuales relaciones entre José Antonio Llera (1971) y mi heterónimo. Tan alejados ideológica y vitalmente, sospecho que comparten, calcinada e irrenunciable, una misma vocación literaria que, forjada a fondo en la prosa acerada e imaginaria, derrotada, de sus estudios vanguardistas, explica por qué considero casi un deber reseñar Cuidados paliativos (Logroño, 2017), su reciente volumen de diarios.

martes, 5 de septiembre de 2017

El contrapesimismo de Oriol Quintana.



Filósofo en meditación,
Rembrandt (1632)

Tras una conversación circunstancial, que sospecho que resultó para ambos de una levedad tan estimulante como inquietante, Oriol Quintana (1974) nos hizo llegar un ejemplar de su Filosofía para una vida peor (Madrid, 2016), con la siguiente dedicatoria anónima: “Crec que aquest pot ser l’inici d’una llarga amistat”. En efecto, Quintana suele ensayar aquel rictus vesicular que Bogey esbozaba antes de perderse, sentimental y todavía sobrio, en la niebla de su libertad imprecisa. Me toca, pues, como reseñador, adoptar el papel, escandalizado, ¿inescrupuloso?, del Capitán Renault, dispuesto a la auténtica amistad de los mercenarios: apostar astuto a la ruleta de los principios. Nos convendrá, tal vez, perder.

viernes, 25 de agosto de 2017

Da pacem, Domine.



Apparizione di Cristo a porte chiuse,
Duccio di Boninsegna (1308-1311)

Pacem relinquo vobis, pacem meam do vobis; non quomodo mundus dat, ego do vobis. Non turbetur cor vestrum nec formidet” (Ioh. 14, 27)


Vuelvo a recorrer las calles conmocionadas, a ratos ralentizadas, en que un día antes me sorprendieron carreras repentinas y persianas de negocios súbitamente bajadas. Deambulo de nuevo en busca de una salida que distienda el peso del horror sin dejarse apresar ni por la melancolía ni por la indignación. Al silencio sobrecogedor que sigue a los gritos y a los nervios sólo puede sobrepasarlo una palabra que esté -y que venga- más allá de él. Y de la que carezco, a tientas.

martes, 15 de agosto de 2017

Stilnovismo claravalense.



Apparizione della Vergine a San Bernardo,
Filippino Lippi (1482-1486)

Entre esos detalles que azuzan la curiosidad intelectual de cada cual, hasta ahora parecía no haber encontrado la ocasión de aclararme por qué Rémi Brague, antes de emprender sus grandes ciclos de obras filosóficas, había organizado en 1990 un seminario sobre San Bernardo y la filosofía. En su contribución el autor de La sabiduría del mundo advertía que el debelador de Pedro Abelardo y de Gilberto de La Porrée, en apariencia tan poco amigo de la dialéctica, había afrontado el imperativo socrático de conocerse a sí mismo, aunque con un matiz singular: desvió su atención del verbo a su sujeto. El abad de Claraval habría cuestionado el “sí mismo” de los filósofos. Al orgullo de la divinización filosófica habría opuesto la humildad de la verdad en que uno se mueve. Concluía así Brague refiriéndose a la postura de san Bernardo: “El modelo de «sí» subyacente es el de una pura situación en la urgencia de una acción, de un puro límite del mundo, esencialmente frágil porque está constantemente amenazado hasta en su estatus de ser”.