Donna me prega

Este blog se declara católico, tal vez con cierto aire estoico. Defiende la simplicidad, el silencio y la contemplación.
Quiere ofrecer reflexiones, opiniones y lecturas a personas atentas a la vida del espíritu y de la cultura.

martes, 29 de noviembre de 2016

Vísperas güelfas en Sevilla.



La Virgen de las Cuevas,
Francisco Zurbarán (h. 1655)

No siempre habría de ser el cronista de la catástrofe. Si en este blog he relatado, con estilo farsesco y satírico, no pocas aventuras universitarias y pedagógicas no ha sido para clamar, abrumado y profético, contra un mundo caído sin remedio, sino para resistir la trampa resignada de la desesperanza. Quien recusa, entre burlas y lágrimas, cómico, el peso cotidiano de sus afanes, conserva intacto el fondo ideal e ingenuo de sus deseos más íntimos. ¿Cómo si no podríamos ampararlos?

Hoy, como la excepción que confirma gozosa la regla, escribiré la crónica del viaje de mi heterónimo a Sevilla la semana pasada, donde el amigo reciente –y ya de siempre- Ignacio Trujillo ha practicado, en su formulación clásica, la obra de misericordia de dar posada al peregrino; en este caso, a un güelfo desterrado que, ingenuo e ideal, llevaba consigo, casi escondidas, sus memorias más íntimas.

Habiendo salido tras la alabanza matutina en los labios, a eso de media mañana, en torno a la hora intermedia, mientras entraba en Andalucía a la velocidad de un AVE, se topaba, emocionado, con la lectura de la reseña que Ángel Ruiz, generoso, dedicaba a nuestro último volumen, el cual debía presentarse por la tarde cabe el Guadalquivir. Esa lectura de Ángel, tan precisa, tan íntima, tan directa y tan delicada con el secreto de nuestras páginas, era a la vez como el signo –la puerta- que anunciaba un tiempo que, a lo largo de la jornada, se iría condensando, con metafórica realidad, en una tensión entre pascual y adventicia: un pasar que, en la espera, ve cumpliéndose su gozo.

Durante el almuerzo y la sobremesa, la conversación con Ignacio, mi editor y su esposa se prolongaba con la ligereza de quienes son viejos amigos nada más conocerse en persona. Hablamos de Cataluña, oh claro, y de los horrores pedagógicos que encarna ese monstruito leviatanesco que, por nombre inhumano, lleva el acrónimo de ANECA, y de la añoranza güelfa de un futuro –no de un pasado- escatológico. Como si fuera un misterio que no cupiera conjurar en vano, nada se decía del acto de presentación de la tarde.

En pleno atardecer, como empezando a revestirnos de la cogulla literaria, Ignacio me guió por las calles del centro de Sevilla, lamentando aquí y allá, entre la admiración, los destrozos arquitectónicos y patrimoniales de la segunda mitad del siglo XX, hasta que en silencio me introdujo, feliz, en la sala capitular, doméstica, de su azotea. Era preciso entonces retirarse a descansar brevemente en la meditación, antes de que llegase el momento de entonar juntos la liturgia güelfa de nuestras vísperas sevillanas.

Aun con un número reducido de asistentes, que sé que le dolía a Ignacio, empezó uno de esos actos que, de una manera en apariencia imprevista, se acaba fundiendo con la propia memoria del libro que se presentaba. La crónica de esa velada, impresionada, la ha escrito insuperable este mi amigo güelfo, ya diría casi que hermano de profesión. Nuestro compañero de Tabor literario, Lutgardo García, abrió el camino hasta su cima con un texto espléndido y brillante, europeo y poético, que abrumaba a mi heterónimo al tiempo que le aclaraba la intensa relación entre sueño y vela que mantiene conmigo.

E Ignacio de repente se transformó en un aedo. Puedo asegurar que yo no he visto antes cosa igual. Y mis lectores comprenderán que tal contemplación, cuando se oye además declamar con una intensidad brutal, casi angélica, a media voz, las frases decisiva que, destiladas, he tardado casi treinta años en poder forjar sin echarme a llorar, fuese una iluminación. He dicho aedo y no rapsoda con toda la intención. En boca de Ignacio aquellas palabras que recitaba consumaban el misterio de la poesía: eran suyas, nuestras, de los que le escuchábamos suspensos, ya no mías. Había descubierto su ritmo secreto y nos los revelaba con una sencillez que nos dejó, como observó él, en un silencio sacramental. “¿A pesar de mi acento andaluz?”, me decía al día siguiente, feliz. Por el tuyo, por el tuyo, querido Ignacio.

“Todos los cristianos deberían poder hacer milagros”, dijo Léon Bloy. Haré una confesión que jamás he hecho, porque me da vergüenza ajena: siempre me he sentido, antes que nada, poeta. Ignacio me ha revelado su verdad con una exactitud terrible, y maravillosa: se es poeta cuando la obra ya no le pertenece más a su creador, sino que vive propia en sus lectores, aunque sean sólo uno o cinco o diez. Aun en el desánimo por una real falta de eco de ella, si se alcanza esta comunión, como al final del acto manifestó deslumbrada en público una asistente, crece una alegría incalculable. Ni por la ausencia de diez justos, Sodoma y Gomora fue destruida sin que Lot y su familia fuesen conducidos fuera de ella. Abandonados de todos, también los primeros franciscanos, si tocase, no cejarían de predicar entusiastas hasta a los insectos y a las alimañas, admirados.

¿Queda algo por decir? Aún tuvimos tiempo para un refrigerio de completas, en que, tras haber asistido a una precaria y humildísima victoria del bien, brindamos para no desanimarnos ante ninguna derrota maligna.

“¿Dónde estaría Sevilla? Sin duda por estas venas azules, por estas venas rosadas, que no tenían nombre de venas, sino de calles andaluzas –Aroma, Lirio, Escarpín-, se había de llegar a su corazón recóndito y difícil. Cada visión nueva era la aventura final, el último encantamiento, y sin embargo, a cada visión se sustituía inmediatamente la de al lado, lo mismo que huye una nota de la cuerda donde nació, porque en la voluntad del ejecutante ya hay otra esperando, que la alcanza y la completa. Y era preciso que la imaginación juntase tal trozo de blanqueada pared, aquel zaguán, una cancela, con la perspectiva no suya –ésta ya se había evadido-, sino de la casa vecina, y que, poniendo sobre todo esos balcones y terrazas ajenos y un cielo visible, pero convencional, reconstruyese idealmente lo que por angostura de la calle y rapidez de la marcha no cabía, verdadero, en la visión”.

(Pedro Salinas, “Entrada en Sevilla”, en Víspera del gozo)



A pie, amigo Ignacio, pero no solos, en compañía fraternal en el desierto, hasta los cactus se han inclinado a escucharnos.

martes, 22 de noviembre de 2016

En Compostela con Ángel Ruiz.



Detalle del Pórtico de la Gloria,
Maestro Mateo (1168-1188)

Con Ángel Ruiz mi heterónimo ha ido forjando una amistad literaria y real a través del diálogo que han suscitado no pocas entradas de nuestros respectivos blogs. En Compostela Ángel alza cada mañana desde 2004 un espacio imaginario que este verano hasta pude recorrer físicamente a su lado. ¿A alguien puede extrañarle que en los breves y escasos encuentros personales hayamos conversados como viejos amigos, en tránsito por un aeropuerto mediterráneo?

martes, 15 de noviembre de 2016

El Temple de Bembibre.



The Dedication,
Edmund Blair Leighton (1908)

En los últimos meses Gregorio Luri ha compartido sus incansables lecturas de los desventurados pensadores del siglo XIX español, en especial de Donoso Cortés y Jaume Balmes, por un lado, y de Juan VarelaMarcelino Menéndez Pelayo, por otro. ¿Quién sabe? Quizás, irónico, estará tejiendo una réplica -una matización- a aquel juicio de Ortega en las Meditaciones del Quijote sobre la época de la Restauración canovista: “Durante ella llegó el corazón de España a dar el menor número de latidos por minuto”.  Clara y oscura, profunda y superficial, esta rara asociación de los nombres de Luri y Ortega me ha lanzado a releer la novela histórica a mi juicio más singular del Romanticismo español: El señor de Bembibre (1844) del contemporáneo de Balmes y Donoso Enrique Gil y Carrasco (1815-1846).

martes, 8 de noviembre de 2016

Cosas que ha cantado José Luis de la Cuesta.



Summer Evening,
Edward Hopper (1947)

Como es habitual en este blog, los elogios deben llegar siempre con retraso gregoriano, cuando ya sus referentes parezcan inasequibles. Así ocurre con los poemas de Cosas que me has contado (Sevilla, 2015) de José Luis de la Cuesta. Agotada su exquisita edición numerada y firmada por el autor, por su apariencia de sobria ligereza este libro atrae ahora mi atención, como si quisiera todavía ser releído, extemporáneo, más allá de su elegante ironía caballeresca. Reseñarlo, atrasado y monacal, si no es del todo inútil, al menos y tal vez me libra de las “tres gilipolleces” que, epigrámatico, denuncia el autor al final de su libro: “Querer ser moderno. / Querer ser posmoderno. / Querer ser premoderno”.

martes, 1 de noviembre de 2016

Amós, bajo el sicomoro.



Profeta Amós,
Juan de Borgoña
(principios siglo XVI)

Con mi monacal amigo jesuítico mantengo conversaciones tasadas sobre qué tipo de actualidad puede tener una vida comunitaria, de oración y trabajo, en medio de una sociedad acelerada, cuyos vínculos familiares y laborales se dispersan y se recombinan a la velocidad centrífuga de una conexión en redes. Hay cada vez más riqueza y, sin embargo, la pobreza se apodera con constancia aterradora de hasta el último rincón de un mundo puesto en almoneda. Seguir hablando de redistribución es necesario, pero puede que ciegue una constatación evidente: no hay hoy más mundo que el que pueda ser sustraído e, incluso, sustraerse.

martes, 25 de octubre de 2016

Jorge Bustos y la nostalgia prometeica.



Prometeo encadenado,
Peter Paul Rubens (1610-1611)

Al empezar a leer las primeras páginas del libro de ensayos El hígado de Prometeo (Oviedo, 2016) del periodista Jorge Bustos (1982), no he podido evitar sentir un pinchazo de melancolía. He reconocido en sus referencias la huella de aquella incipiente licenciatura de Teoría de la Literatura que cursó el autor en la Universidad Complutense, de cuya génesis los primeros becarios fuimos conveniente y escrupulosamente exterminados. Como en este monasterio de palabras sólo debería entrar el espíritu de la letra, me he librado de cualquier atisbo nostálgico intentando concentrarme sólo en las reflexiones de un autor que. más allá de sus compromisos mediáticos, demuestra en su libro una prometedora personalidad intelectual.

martes, 18 de octubre de 2016

El escritorio monástico de Cavalcanti.



San Jerónimo en su celda,
Albrecht Dührer (1511)

Como saben mis lectores más fieles, acostumbro a templar, silenciosos, la armonía desacordada de mis deseos sobre la mesa de este scriptorium, donde quisiera no dejar de copiar las palabras, las siluetas o el ritmo de una cultura que, como modo de vida, se está extinguiendo hasta en sus brasas. Algo caballeresco, meridional, tal vez atraviese ese ideal ausente que aún inflama mi corazón en camino hacia occidente. Que la letra de tal código no esté grabada sólo en piedra es, sin embargo, una gracia que florece, aquí y allí, entre las grietas silvestres del monasterio al que pertenezco.